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Instituto del Amor

Cómo hablar con una mujer: Normas básicas de supervivencia.

Por la doctora Ella Runciter

Desde su fundación, el DAAEEMM (Departamento de Asuntos Extra-Masculinos) ha querido ir más allá de la colaboración en los proyectos conjuntos del Instituto del Amor, y se esfuerza por cumplir un objetivo propio: Alcanzar un diálogo intersexual libre de malentendidos, confusiones y a ser posible indoloro. Tarea esta, como pueden imaginarse, de una magnitud incalculable y que no se verá completada sin varios años de duro trabajo. Mientras tanto, y hasta que alcancemos nuestra ambiciosa meta, procuramos publicar los pequeños descubrimientos con los que nos encontramos a lo largo de nuestra investigación.

Nuestros trabajos en el campo del mal-entendimiento entre hombres y mujeres empezaron, como es natural, por el lenguaje. Constatamos así un hecho aceptado por la mayoría de la sociedad: que si bien hombres y mujeres pueden utilizar las mismas palabras en los mismos idiomas, esto es, los mismos significantes, los significados o ideas a las que éstas se refieren son diametralmente opuestos. Así, Ediciones Instituto del Amor llevará próximamente a sus librerías un diccionario con el que esperamos allanar el camino hacia el entendimiento.

Sin embargo, el desarrollo de este diccionario pasó a un segundo plano desde el momento en el que comprobamos una verdad estremecedora: La inmensa mayoría de los hombres habla con mujeres de una forma absolutamente suicida. Podemos afirmar, sin temor a exagerar, que muchos caballeros se enfrentan a la conversación femenina como el curioso que mira por el cañón del rifle mientras acciona el gatillo, o aquel que se propone determinar la profundidad de un lago nadando con una rueda de molino al cuello.

Una vez tras otra a lo largo de varios meses de pruebas empíricas, hemos encontrado la misma falta de destreza o de formación necesarias para el intercambio verbal intersexual (habilidad que las mujeres, por otro lado, parecen poseer de forma instintiva), con terribles consecuencias. Preocupados por la seguridad de nuestros alumnos y colegas, hemos elaborado una lista de situaciones y consignas a recordar en todo momento. En un futuro tenemos previsto enviar azafatas a los centros educativos para explicar este tema con más detalle, puesto que los jóvenes han demostrado prestar más atención a las jovencitas uniformadas que a los folletos informativos. Hasta que recibamos la subvención correspondiente, sin embargo, hemos de arreglarnos con el texto de este manual.

 

Primera parte: Palabras tabú

 En el profundo tratado sociológico y científico que es la serie documental de animación Futurama, existe un episodio en el que se instala una bomba en las nalgas metálicas del robot doblador de metal Bender. El detonador de la bomba se programa para que haga explosión cuando su portador pronuncie la palabra que más se repite en su vocabulario, asegurando así el suspense del episodio. Pues bien, la conversación una mujer es también una situación semejante: potencialmente peligrosa (como una bomba), que puede accionarse de forma verbal sin que el responsable sea consciente de su error hasta que es demasiado tarde. Es imposible reducir a cero las posibilidades de que esto ocurra, pero podemos reducir mucho la peligrosidad si nos mantenemos vigilantes ante los siguientes grandes grupos de palabras o expresiones tabú:

- Palabras dirigidas a tranquilizar a su interlocutora: "tranquila", "relájate", "vamos a calmarnos"... El participante conversacional masculino recurre con frecuencia a estas fórmulas para asegurarse de que se mantiene un ambiente óptimo para la conversación, es decir, tranquilo. Sin embargo, el efecto causado es con frecuencia precisamente el contrario. Por tanto, es mejor omitir esta clase de comentarios.

- Expresiones dirigidas a tranquilizar con una sutil referencia al estado mental de la interlocutora. Es el conocido "no te pongas histérica". Nunca, nunca, nunca diga estas palabras. A menos que esté al otro lado de una pared blindada o no le importe que le cuelguen el teléfono, claro.

- Afirmaciones fundamentadas sobre el aspecto de ella. Da exactamente igual que pese usted menos que ella. No lo diga. Y si ya ha metido la pata y se encuentra con toda una crisis diplomática entre manos, no intente salir de ella con argumentos racionales y basados en la realidad.

- Comentarios jocosos (aunque positivos) sobre el aspecto de ella acompañados de gestos. Desde el DAAEEMM hemos descubierto una alarmante tendencia de los hombres a hacer comentarios poco serios como "¡Qué bien te alimentas!" mientras se coloca la mano en el muslo, o "¡Esa chica mullidita!" al cogerla por la cintura. En prácticamente todos los casos, la intención del participante masculino era hacer un cumplido o intentar levantar la autoestima de la mujer quitándole hierro al asunto de su aspecto. Bueno. Para ayudar así, mejor quédense callados. Los chistes sobre el aspecto de una mujer no tienen gracia. Punto.

 

Segunda Parte: Las preguntas trampa

 De vez en cuando, los sujetos que mantienen conversaciones con mujeres se enfrentan a preguntas engañosas, aparentemente fáciles, que tienen una respuesta cierta y una respuesta buena, que pueden o no ser la misma. Son las llamadas preguntas trampa. Ejemplos clásicos serían "¿Crees que he engordado?" o "¿Crees que mi amiga X es más guapa que yo?". Las preguntas trampa son incluso más peligrosas que las palabras tabú porque a diferencia de éstas, sus consecuencias no son inmediatas ni dan avisos claros. Así, uno puede responder erroneamente a una pregunta trampa y no saberlo hasta que el castigo se cierne sobre él, días o incluso meses más tarde.

Lo esencial en estos casos es detectar la pregunta trampa. Una vez hecho esto, se abren ante usted tres estrategias aceptables, listadas aquí por orden de preferencia:

a) Actitud defensiva. No responda. Es la estrategia más conservadora y la que más riesgos ofrece. Sin embargo, puede ocurrir que sea usted forzado a responder. Si se diera esa situación, pase a la siguiente línea de acción.

b) Actitud ofensiva. No le siga el juego. "Esa es una pregunta trampa", o "No pensarías que iba a picar tan fácilmente, ¿no?" son respuestas adecuadas. Debe prestar un especial cuidado a su tono, natural y no demasiado pagado de sí mismo, lo que convertiría sus palabras en un reto. Bien manejada, la actitud ofensiva le pone al mismo nivel que su oponente. Gana en respeto, pero también supone que la próxima vez la dificultad (de reconocer la pregunta trampa) será mayor. Si no quiere arriesgarse a subir la dificultad del juego, pase a la tercera estrategia.

c) Rendición honrosa. Seguirle el juego. Debe usted hallar la pregunta buena, que en general está a medio camino de la respuesta cierta y la mentira descarada. Retomando nuestro primer ejemplo, no debe usted responder "¡Claro que no has engordado!". Si ha engordado, ¿en serio cree que ella no se ha dado cuenta? Sea hábil. Diga en vez de eso "Yo te veo estupenda", o limite las posibilidades de verse en problemas prescindiendo de palabras con una demostración física de afecto. Si lo primer que cruzó su mente fue darle una palmada en el trasero mientras grita "¡Me gusta tener donde dejar la cerveza!", retroceda y vuelva a la primera parte.
Si le preguntan qué le parece ese gran amigo de ella al que usted no soporta, no se estruje el cerebro en busca de un halago real tan ridículo que sea fácil sacarle la verdad ("no huele mal"), utilice en cambio algún cumplido que ella le hiciera. Sutileza es la palabra clave para emplear esta estrategia, que pese a su dificultad es la que más satisface a su oponente. Pero sigue siendo una rendición.

 

Tercera Parte: "¿Seguro que no te pasa nada?"

 Hemos dejado para el final uno de los mayores problemas en las relaciones intersexuales que pueden causar sus enormes bocazas. Procedamos.

Si está usted manteniendo una conversación con una mujer, y nota alguna anomalía en su comportamiento, hay dos opciones: o la conoce usted muy bien, o el malestar es tan claro que hasta usted lo ha notado. En ambos casos, se espera de usted que se interese por su bienestar. Recomendamos, sin embargo, utilizar expresiones alternativas como "¿Te preocupa algo?" o "¿Qué tal estás?".

Si le responden que no pasa nada, es decir, si no le responden, está usted autorizado a preguntar una vez más al cabo de unos minutos. Si aun así no le ofrecen una respuesta satisfactoria, deje de preguntar.

¿Y eso por qué?, preguntarán ustedes. Bien, caballeros, en ese caso se enfrentan ustedes a alguno de los siguientes casos. O bien la mujer está sencillamente cansada, o triste, sin un motivo concreto. O bien hay algo que efectivamente le preocupa, pero no cree pertinente discutirlo con usted. O bien sabe que algo le molesta pero aún no ha decidido exactamente qué.

Las mujeres pasamos horas examinando nuestros sentimientos, nuestras sensaciones y nuestra reacción a lo que nos rodea. Se dice que una mujer puede pasar por una crisis personal, una crisis profesional y una crisis de pareja en un solo día y sin hablar con nadie. Dentro de esa reflexión, hay una diferencia clara entre identificar que algo nos preocupa, y definir las formas, consecuencias y causas primarias y secundarias de la preocupación.

Si usted interrumpe esa pequeña investigación personal con sus preguntas, lo más que puede conseguir es que ella se invente cualquier defecto o problema con usted para que la dejen en paz. Y usted no quiere tener un incidente diplomático por un problema inexistente hasta que alguno de los dos diga algo hiriente y la cosa pase a mayores, ¿no? Pues eso.

De modo que si tras dos preguntas corteses no le dicen lo que pasa, espere y mantenga una conversación normal. Si después de sus deliberaciones, ella identifica lo que le molesta y cree oportuno compartirlo, lo hará sin mayores problemas.

En ese caso, desde el DAAEEMM le suplicamos que bajo ningún concepto arruine el momento con un "¿Ves como te pasaba algo?". Recuerde que la caída es más peligrosa cuanto más alto hayamos logrado llegar.

 

Por supuesto, es imposible resumir en un sólo texto todas las variables de la conversación. Con esta enumeración no pretendemos entregarle el control de la conversación, sólo mantener el estado de sus gónadas y su dignidad a salvo, evitándole humillantes rituales de arrepentimiento cuando ni ella recuerde por qué se había ofendido. Y por último, si todo falla y ya ha utilizado las clásicas tácticas de las flores y el chocolate (todo pierde efecto al final), sólo una palabra: cocine. 

 

(*) La Doctora Ella Runciter es profesora asociada del Instituto del Amor.

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